A lo largo de los últimos años las cuestiones demográficas se han incorporado a la agenda pública en España. Si algunos problemas habían sido evidenciados durante las últimas décadas a escala regional o local, sólo en los últimos tiempos este análisis y esta situación han llegado a la opinión pública nacional.

El éxito de algunas obras literarias recientes, unido a la evolución de unas cifras demográficas a escala nacional que, por primera vez en décadas, registran una pérdida de población, ha puesto el foco en los espacios donde las pérdidas ya eran ostensibles desde hace décadas. Varias comarcas de Extremadura tienen ya la etiqueta de ‘desierto demográfico’ por su escasa densidad de población, los municipios más pequeños pierden habitantes cada año y el entorno rural se muere poco a poco.

El que nos ocupa no es un problema nuevo ni exclusivo de Extremadura, pero sí es reciente la reivindicación de esos territorios cuyo denominado ‘Grado de Ruralidad’ no ha dejado de crecer. Con este concepto se pretende diferenciar el territorio rural del urbano con factores diversos y con capacidad para influir en la caracterización de los mismos. Como punto de partida, para determinar su valor se tiene en cuenta el indicador de densidad de población, en el que intervienen las variables cuantificables que ponen en relación la población de un territorio y su superficie. Los municipios que se consideran sin Grado de Ruralidad son aquellos que superan los 120 habitantes por kilómetro cuadrado.

La diversidad de procesos que llevan a la despoblación, unido a las diferentes características socioeconómicas y territoriales en el Estado español, obliga a que la puesta en marcha de medidas e iniciativas, como el Proyecto 4IE, se adapten a las características concretas de los espacios en despoblación y ayuden a sus principales afectados, nuestros mayores.